¿Cómo se suaviza el contarle a otro que fuiste víctima de abuso sexual durante tu infancia? ¿Cómo evitas que toda esa vulnerabilidad y ese dolor que pones en palabras se transformen en una etiqueta que termine cubriéndote por completo?
¿Cómo impido que me mires con pena, con lástima, con desgracia?
Una víctima, una niña herida.
Me aterra pensar que las personas puedan conocerme solamente a través de esto, que me reduzcan a esa posición, o que después de saberlo ya no logren volver a verme como quien era antes de que se los contará, como si el conocimiento de lo ocurrido pudiera cambiar retrospectivamente toda la imagen que tenían de mí.
Por eso, durante tantos años, traté de evitar que supieran los detalles de mi vida. Intenté esconderlos detrás de sábanas, guardarlos en cajones, esparcirlos dentro de cajas y construir, mediante ejercicios mentales, murallas alrededor de aquellos escenarios donde alguna vez estuvieron el temor, la angustia, la paralización o incluso el cariño.
En mi constante negativa y evitación a ser vista como víctima, terminé modificando mil veces la historia. Elaboré caminos alternativos para no decir lo que realmente estaba pasando, cuidé detalladamente mis palabras, les quité peso a sus acciones, busqué explicaciones, justificaciones, circunstancias que pudieran hacer que todo pareciera menos grave.
Porque si conseguía cambiar las palabras, quizás también podía cambiar lo que habían significado.
Si no hay victimario, no hay víctima.
Y quizás durante mucho tiempo necesité creer eso. Necesité desdibujar a quien hizo daño para poder desdibujar también a la niña que lo recibió. Porque nombrar una cosa implicaba necesariamente reconocer la otra. Y reconocerme como víctima significaba aceptar una vulnerabilidad que durante años intenté mantener lejos de mí.
He acumulado culpas por las personas que dejé, que alejé de mi vida, que evité simplemente por haber estado ahí mientras las cosas sucedían. Incluso cuando fueron un apoyo. Incluso cuando me brindaron alegrías, pero, a medida que fui comprendiendo lo ocurrido y, sobre todo, el impacto que tuvo en mí, empecé a querer borrar todo. Completamente todo, como si fuera posible eliminar casi una década de mi vida.
Como si al borrar esos años pudiera también borrar lo que dejaron en mí y, de alguna manera, pudiera rehacerme.
No quiero que me mires con lástima.
Quiero que, después de saberlo, todavía puedas verme a mí.
Pero, ¿Quien soy?
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